10 formas de motivar a sus empleados (I)

Las empresas que cuentan con plantillas motivadas son también las que presentan mejores números en la cuenta de resultados. Las personas que tienen una alta motivación suelen rendir más en sus trabajos, aprovechan mejor el tiempo y alcanzan con mayor facilidad los objetivos marcados por la empresa. Esto supone un claro beneficio tanto para la empresa como para el propio empleado.

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Resumen
  •  El estudio de los efectos de la motivación en el rendimiento tiene una larga tradición.
  •  Aumentar la motivación de los empleados únicamente a través del salario se convierte en una medida perversa que acaba fomentando el efecto contrario al que se pretendía. 
  • Las 10 formas de motivar a la plantilla que presentamos no tienen coste económico, pero necesitan de la participación de todos los trabajadores de la empresa.

La investigación sobre la motivación se centra básicamente en descubrir los por qué de la conducta humana. Antes de que la Psicología apareciera como ciencia, los filósofos y teólogos ya elaboraban teorías acerca de los motivos que llevaban a una persona a comportarse en una situación determinada de una manera y no de otra.

Algunas de las teorías más conocidas sobre la motivación humana se desarrollaron a mediados del siglo pasado pero sus efectos alcanzan hasta hoy en día.

Maslow publicó en 1954 el resultado de sus investigaciones. Su teoría de la Pirámide se basa en una jerarquía de las necesidades que las personas necesitamos cubrir. Esta teoría se ha visto popularizada a raíz de la aparición de un anuncio publicitario de una conocida marca de carburantes.

  • McClelland redujo a tres estas necesidades: necesidad de pertenencia o afiliación, necesidad de realización o logro y necesidad de poder o control.
  • Holland, por su parte, catalogó seis tipos de personalidad (Realista, Intelectual, Social, Conformista, Dominante y Estética) y los relacionó con los intereses profesionales predominantes para cada tipo.
  • La publicación del libro de Daniel Goleman “La Inteligencia Emocional” ha revitalizado el estudio de la motivación. Para Goleman la capacidad de motivarse a uno mismo es una de las cinco competencias que forman la IE (Inteligencia Emocional). Las personas que dominan esta competencia suelen ser más productivas y eficaces en todo lo que hacen.

Mucho más que dinero…

No negaremos lo evidente: el dinero es importante. Es lo que nos motiva a acudir cada día a nuestro lugar de trabajo. Con el salario cubrimos gran parte de las necesidades que Maslow recoge en la base de su pirámide: alimento, ropa, ocio, etc.

Cuando recibimos por primera vez una compensación económica por el resultado de nuestro trabajo, es evidente que nuestra motivación alcanza niveles máximos. Entendemos esa bonificación como justa recompensa a nuestro trabajo bien hecho.

El peligro está en que, una vez que ese aumento dinerario se repite, pasa a considerarse como un derecho adquirido, como un plus a añadir en nuestra nómina, perdiendo así todo su poder para motivarnos. Es más, si un día dejamos de percibirlo, se consigue el efecto contrario: sentimos que nos privan de algo que ya nos pertenecía, creando el consiguiente malestar.

No se trata de que deban desaparecer las compensaciones económicas. Pero no se pueden convertir en el único método empleado para motivar al personal.

10 formas económicas de motivar

  1. Sea agradecido
  2. Dedique tiempo a sus trabajadores
  3. Proporcione feedback (retroalimentación, información del proceso)
  4. Cuide el ambiente de trabajo
  5. Proporcione información sobre la empresa
  6. Involucre a los empleados
  7. Fomente la autonomía
  8. Establezca alianzas con cada trabajador
  9. Celebre los éxitos
  10. Utilice el desempeño para discriminar la tarea realizada.

En próximos capítulos nos extenderemos en cada una de estas formas de motivación. Cada cuál podrá aplicar aquéllas que considere más oportunas para su propia situación. Pero no olvide que cuántas más medidas sea capaz de poner en práctica, mayor será la motivación de su personal.

7 ventajas de aprender a escuchar de manera activa

escuchaAprender a comunicarnos bien es una habilidad cada vez más necesaria. Comunicarnos con los demás no es simplemente hablar con ellos.

¿Qué es la escucha activa?

Escuchar no es sólo una cuestión biológica que dependa de nuestra agudeza auditiva. Si quiere comunicarse con los demás el primer paso es conocer la diferencia entre oír y escuchar.

Según el Diccionario de la Real Academia de la Lengua estos dos verbos no son sinónimos:

oír : Percibir con el oído los sonidos.

escuchar : Prestar atención a lo que se oye.

Oír no es un acto voluntario, los sonidos llegan a nuestros oídos aunque no hagamos nada para que ocurra. Escuchar en cambio es el acto voluntario mediante el cual prestamos atención a los sonidos que percibimos. Se puede oír sin escuchar, pero para escuchar, primero hay que oír.

Pero vamos a ir un paso más allá. Si nuestro objetivo es mejorar nuestra comunicación debemos aprender a poner en práctica la escucha activa . Esto es: escuchar bien, con atención y cuidado, tratando de comprender lo que nos dice nuestro interlocutor.

Escuchar activamente supone estar psicológicamente presentes. Ser conscientes de lo que nos dicen y demostrar a nuestro interlocutor que recibimos su mensaje. Parece que escuchamos pero en realidad casi siempre estamos ocupados pensando en qué le contestaremos al otro cuando acabe su turno de palabra. Vamos unos pasos por delante preparando nuestro propio argumento.

7 ventajas de aprender a escuchar de manera activa

¿Por qué es importante escuchar activamente?

•  Porque si sabemos escuchar los demás sentirán la confianza necesaria para ser sinceros con nosotros.

•  Porque la persona que nos habla se siente valorada.

•  Porque escuchar tiene efectos tranquilizantes y facilita que se eliminen tensiones.

•  Porque favorece una relación positiva con nuestro interlocutor.

•  Porque permite llegar al fondo de los problemas.

•  Porque provocamos respeto hacia nosotros en quien nos habla.

•  Porque es una recompensa para nuestro interlocutor.

Hay que tener cuidado de no emplear la escucha activa con personas que tienen tendencia a hablar en exceso. Escuchar es una recompensa muy fuerte y en algunas personas hablar acaba convirtiéndose en un hábito sólo para recibir esa recompensa de cualquiera que tenga en frente.

¿Cómo se practica la escucha activa?

•  A través de la observación:

Cuanta más información podamos obtener de nuestro interlocutor, mejor. Para ello debemos estar atentos a sus expresiones, a los sentimientos que expresa, a los gestos y a las señales que nos emite para indicarnos que nos cede el turno de palabra.

•  A través de la expresión:

Nuestro interlocutor debe captar por nuestra actitud que le estamos prestando atención. Es importante mantener el contacto visual y asentir con movimientos de cabeza. También debemos acompañar nuestros gestos con expresiones verbales:”claro entiendo”, “ya veo”, “ah-ah”…

Los enemigos de la comunicación

Hay conductas que realizamos, algunas de forma consciente y otras totalmente inconscientes, que son verdaderas cargas de profundidad contra el proceso de comunicación. Por ejemplo:

•  Interrumpir al que habla.

•  Juzgar cada comentario que hace.

•  Ofrecer ayuda que no nos ha solicitado.

•  Quitar importancia a los sentimientos de la otra persona con expresiones como “no te preocupes por esa tontería”, “no te pongas así”, etc.

•  Contar “nuestra anécdota” cuando el otro está aún hablando.

•  Caer en el “síndrome del experto”: Saber lo que debemos contestar cuando el otro no ha hecho más que iniciar su relato.

En situaciones difíciles…

La escucha activa está especialmente indicada cuando debemos afrontar situaciones difíciles. Por ejemplo, cuando nos encontramos ante un interlocutor agresivo, cuando prevemos enfrentamientos o cuando hay muchas interrupciones.

Podemos evitar situaciones conflictivas si conseguimos anticiparlas. Para ello debemos identificar y anotar las personas y las circunstancias en las que posiblemente tendremos dificultades. Debemos anticipar los gestos, las palabras y los sentimientos de nuestro interlocutor y entrenarnos en el control de nuestro impulso de responder para que, cuando llegue el momento, nos podamos mantener atentos y poner en práctica la escucha activa.

6 pasos para mejorar nuestra resiliencia

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Si nos enfrentaran a la hipotética pregunta de si nos gustaría vivir en un mundo sin problemas ni contratiempos, sin disgustos ni tristezas, es posible que todos estuviésemos tentados a responder afirmativamente.

Pero tras un análisis más detenido nos daríamos cuenta de lo difícil que sería acostumbrarnos a esa “calma chicha”. Los seres humanos vivimos en un mundo caracterizado por los contrastes. Sin el mal no habría bien; sin la tempestad, la calma perdería todo su sentido. Necesitamos los contrastes para ser conscientes de la medida real de los acontecimientos que suceden a nuestro alrededor (y dentro de nosotros mismos). Una vida en la que nunca ocurre nada acabaría por destrozar nuestra psique, por descompensar nuestro “equilibrio”.

Cada vez hay más padres que, en un intento de liberar a sus hijos de los males de este mundo tratan de evitarles todo contratiempo. Se pliegan a todas sus peticiones con la razón última de no contrariarles en nada para que no se sientan frustrados. Estos padres piensan que si evitan todas las situaciones que puedan suponer un problema para sus hijos, éstos llegaran a adultos sin haber conocido la pena ni la tristeza.

Es una teoría con escasa base científica, pero con más adeptos cada día. Imaginemos por un momento que esos padres consiguen evitar a sus hijos cualquier disgusto en su primera infancia, mientras se encuentran bajo el manto protector del hogar. ¿Pero qué ocurre cuando salen al mundo real, cuando llegan a la guardería o al colegio?

Lejos de la influencia de sus padres, estos niños son incapaces de encajar un no como respuesta a sus deseos, de esperar un turno para ser atendido o de adaptarse a los horarios de las distintas actividades escolares. Y lo que es peor, no saben cómo tienen que enfrentarse a esas situaciones.

Las personas desde que nacemos necesitamos enfrentarnos a pequeños contratiempos, adecuados a nuestro estadio del desarrollo evolutivo. Si se nos priva de estas experiencias se nos impide aprender a ser felices. Aunque suene a contradicción.

¿Qué es la resiliencia?

Todas las investigaciones apuntan a que las personas que se consideran más felices no son las que dicen tener menos problemas, como sería de esperar. Los más felices son aquellos que saben hacer frente a los problemas y han aprendido cómo superarlos. A esta capacidad se le ha denominado en Psicología resiliencia . Término tomado de la física donde la resiliencia es la cantidad de energía que puede absorber un material, antes de que comience la deformación plástica.

En Psicología esta capacidad nos indicaría el grado en que una persona está preparada para resistir ante los contratiempos, para tolerar las situaciones en las que se ve sometida a presión (tanto externa como interna). Nos indicaría la habilidad para enfrentarse a los problemas y salir fortalecido de ellos.

Se trata de una habilidad con la que nacemos todos los seres humanos, pero que se modifica según haya sido nuestra experiencia con el paso de los años. Es decir, que se puede entrenar, ya sea para mejorarla o para eliminarla de nuestro repertorio de conductas naturales.

Pensemos en un bebé que quiere agarrar el juguete que cuelga de su cuna. Si se frustrara al primer intento jamás llegaría a coordinar sus movimientos ojo-mano. Y cuando le llegase la hora de aprender a caminar, se quedaría sentado para siempre después de la primera caída. No volvería a intentarlo porque no le salió bien las doscientas primeras veces que lo intentó.

Con el paso de los años, la educación que recibimos de las personas que tenemos más cercanas hará que nuestra resiliencia aumente o llegue casi a desaparecer, haciendo de nosotros personas incapaces de enfrentarnos a las dificultades de la vida.

6 pasos para mejorar nuestra resiliencia y ser más felices

¿Cómo potenciar la resiliencia?

Hemos dejado claro que se trata de una habilidad que puede ser entrenada para mejorarla. Por tanto, las muchas dificultades que nos plantea la vida no pueden servir como excusa para justificar nuestro derrotismo.

Si deseamos aumentar nuestra resiliencia habrá que enfocarse en estos 6 pasos:

•  Trabajemos en mejorar nuestra autoestima. Aprendamos a querernos y a encontrar esas capacidades que nos hacen especiales y diferentes al resto del mundo. Tratémonos, al menos, con el mismo respeto con el que tratamos a los demás.

•  Permitámonos un tiempo para nuestro disfrute y para dedicarlo a nuestras aficiones.

•  Encaremos las dificultades con flexibilidad y buscando soluciones creativas, tratando de encontrar diferentes respuestas posibles a cada situación a la que nos enfrentemos.

•  Seamos proactivos anticipándonos a los problemas. No esperemos a que las situaciones nos superen, como suele decirse “agarremos el toro por los cuernos”. Debemos reflexionar antes de actuar.

•  Perdamos el miedo a pedir ayuda. Una muestra de grandeza personal es saber pedir ayuda cuando la necesitamos.

•  Y por supuesto, tratemos de buscar siempre el lado amable de las cosas. Si al final no nos queda otra que sufrir un revés de la vida, no nos quedemos sólo en lo mucho que sufrimos y padecemos, vayamos más allá tratando de aprender todo lo posible de esa situación. Busquemos siempre algo positivo, aunque sólo sea que “de esto también se sale”.

El árbol que da frutos

Hoy he leído en Facebook el comentario de un amigo, molesto por lo que se había dicho de él en un artículo en un periódico importante de España. Rápidamente he recordado una frase de esas que te envian por correo electrónico, pero de las que conviene mantener “frescas” en la memoria:

Sólo se tiran piedras contra el árbol que da frutos“.
Estoy convencida de que si él no fuera importante y no estuviera haciendo las cosas bien, nadie se tomaría la molestia de escribir nada sobre él, ni bueno, ni malo.
A veces queremos el éxito y el triunfo pero no nos preparamos para aceptar las críticas que eso conlleva. Hay quienes nos critican sólo por un ejercicio de simple envidia, pero también hay quien nos critica porque no está de acuerdo con el modo en el que hacemos las cosas, y eso está bien, la diversidad es buena, las opiniones diferentes son buenas… Pero cuando nos descalifican y nos atacan desde la burla porque no tienen argumentos, entonces, lo único que consiguen es elevarnos por encima de nuestros propios logros.
Tal vez sea el momento de plantearnos cómo son nuestras críticas hacia los demás.  ¿Envidiamos el fruto ajeno y le tiramos piedras para tratar de hacernos con él, o nos dedicamos a cultivar nuestros propios frutos?
¿Tú qué opinas?